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La localidad costera ubicada en el norte de Chile, región de Tarapacá, es actualmente un pequeño pueblo pesquero que dejó atrás las riquezas del salitre, pero esconde otros tesoros, albergando uno de los ecosistemas marinos más ricos y variados del norte de Chile que Oceana decidió investigar.

La aventura en Pisagua comenzó precisamente con el propósito de conservar las zonas de desove de la anchoveta, aquellos lugares donde estos peces, uno de los más extraídos en Chile, liberan sus huevos y que son cruciales para que el recurso se mantenga sano. La principal característica de este ecosistema y que lo hace tan importante para este pez, son los amplios bosques de macroalgas que se desarrollan encima de las rocas a lo largo de todo el borde costero de la zona, y que sirven como un refugio seguro para los peces juveniles que deben protegerse ante la embestida de sus depredadores. Así también, se protege a los jureles y a una alta diversidad de peces de rocas típicos en las costas chilenas.

Antes de las expediciones de Oceana, no existía mucho material de estudio en el área y solo se contaba con antecedentes de los trabajos hechos por la Universidad Arturo Prat y que ya arrojaban luces de que Pisagua podría considerarse como un sitio prioritario de conservación. A esto se sumaba la presencia de una colonia de lobos marinos en Punta Pichalo, a pasos de Pisagua, donde también era posible encontrar una gran cantidad de aves marinas, e incluso, un pequeño grupo de pingüinos de Humboldt. De hecho, la alta concentración de aves en la zona queda en evidencia al ver el guano acumulado a lo largo de esta costa, materia que antaño fue ampliamente explotada e impulsó la construcción de muelles para facilitar su comercialización.

Para las autoridades locales Río Loa, Punta Patache, Punta Pichalo y Chipana eran otros sitios cruciales por ser conservados, sin embargo, tampoco se contaba con suficiente información sobre estos ecosistemas, salvo el avistamiento de ballenas, la presencia de lobos y de aves marinas. Fue así que en 2017, Oceana e investigadores de la Universidad Arturo Prat, emprendieron la primera expedición a la zona para comenzar el levantamiento de información científica. Durante una semana se pudo evidenciar la vida que albergan los fondos marinos, y la cámara del vehículo de operaciones remotas, ROV, tomó registros hasta los 550 metros de profundidad, mientras que una dropcam hizo imágenes hasta los 700 metros. La expedición se dividió en puntos claves: desembocadura del Río Loa, Punta Chipana y Punta Pichalo. De todas las zonas investigadas, Punta Pichalo en Pisagua, se caracterizó como el lugar que presentaba la mayor diversidad de especies.

La bahía de Pisagua se caracteriza por su alta productividad y diversidad marina, donde abunda el fitoplancton, crustáceos como el krill y langostinos, condiciones perfectas para que la vida de organismos más grandes como peces, mamíferos y aves marinas prolifere. Bosques de macroalgas protegen además la crianza, no solo de peces costeros, sino que también de recursos importantes como la anchoveta y el jurel.

En las zonas de surgencia hay una alta concentración de nutrientes que son consumidas por otras especies, las sobras se distribuyen con las corrientes y descienden hasta el fondo marino. Al llegar, cubren el fondo y se pierde oxígeno, convirtiéndose en el ambiente perfecto para que bacterias como la Thioploca trabajen procesando estos desechos. Según los expertos, este verdadero reciclaje de nutrientes es la razón por la cual las costas de Chile y Perú son las más productivas a nivel mundial, una condición que en nuestro país es posible encontrar desde Arica a Concepción. El descubrimiento de estas bacterias fue realizado por el destacado profesor Doctor Ariel Gallardo, de la Universidad de Concepción, y coincidentemente sus primeras investigaciones fueron hechas en un crucero científico en los años 60, precisamente en Punta Pichalo.

Las praderas de bacterias en las profundidades de Pisagua hacen de esta área algo único en el norte de Chile, un ecosistema resiliente que fue capaz de recomponerse tras los estragos que generó el fenómeno de El Niño en 1984 en las costas de Perú y Chile.

Con estos antecedentes sobre la mesa, Oceana organizó una segunda expedición en 2018. Esta vez, el objetivo no era sólo investigar lo más profundo, sino que también trabajar en las aguas someras costeras. Fue así que un grupo de buzos documentalistas realizaron registros visuales, mientras que los investigadores de la Universidad Arturo Prat recolectaron especies vivas como peces, crustáceos y caracoles que actualmente pueden ser vistos en el acuario del Museo del Mar en Iquique.

Tras las dos expediciones, y con una gran cantidad de muestras a su haber, Oceana, la comunidad local, el gobierno regional y la Universidad Arturo Prat trabajan arduamente en una propuesta para proteger la zona.

Participantes de las expediciones:

  • Matthias Gorny / Jefe científico del crucero y piloto de ROV.
  • Fernando Loyola / Asistente de ROV.
  • Mauricio Altamirano / Asistente de ROV y fotografía submarina.
  • José Tomás Montero / Asistente de ROV.
  • Lucas Zañartu Bravo / Camarógrafo submarino y de superficie.
  • Guillermo Guzmán / Muestreos de bentos con arrastre y draga.
  • Alexis Gacitúa / Asistente científico.
  • Eduardo Sorensen / Fotografía submarina.

Embarcación:  Stella Maris II.

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